El futuro de la NASA, en manos de Obama

La agencia estadounidense aguarda una decisión final del presidente con respecto a sus próximos pasos, que podrían alterar el panorama internacional de la exploración espacial tripulada durante las próximas décadas.El desastre del Columbia, que se desintegró sobre el cielo de Texas al reingresar en la atmósfera terrestre, el 16 de febrero de 2003, fue un estremecedor llamado de atención para la NASA. Si bien los vuelos tripulados se habían reanudado con éxito luego de la explosión del Challenger en 1986, el transbordador espacial nunca alcanzó la frecuencia semanal de vuelo que los ingenieros encargados de su diseño y desarrollo habían previsto en la década del ’70, y a pesar de tratarse de la primera nave reutilizable de la historia, tampoco introdujo una reducción notable en los elevados costos inherentes al vuelo espacial tripulado.

Por el contrario, la destrucción del Columbia y la muerte de sus siete tripulantes terminaron de demostrar que, a pesar del centenar de misiones completadas durante 22 años de servicio, el transbordador espacial seguía siendo un vehículo experimental, sumamente complejo y definitivamente riesgoso. La magnitud de la tragedia no impidió que poco tiempo después comenzaran a arreciar las primeras críticas contra el programa espacial: a la vista de muchos estadounidenses, la NASA no tenía una misión lo suficientemente definida.

Abocada desde 1998 a la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), la agencia se vio obligada a suspender de inmediato los lanzamientos tripulados por un período de dos años y medio, mientras sus especialistas investigaban y solucionaban las causas que llevaron a la catástrofe. Esto ocasionó algunos roces inevitables con los socios internacionales del proyecto, particularmente con Rusia, que debió compensar la ausencia de los transbordadores con lanzamientos adicionales de sus naves Soyuz y Progress a fin de mantener mínimamente operativo el complejo orbital y asegurar el transporte de sus ocupantes desde y hacia la Tierra.

Sin embargo, los cuestionamientos más importantes comenzaron a darse puertas adentro. Desde el inicio del proyecto en 1994, los costos derivados de la construcción de la ISS ascendieron en una espiral sin retorno año tras año, y no eran pocos los analistas en el ámbito político de Washington que opinaban que la enorme estación espacial era poco más que un destino en el espacio, creado para que el transbordador justificara su razón de existir. Al mismo tiempo, los costos de operación, certificación y mantenimiento tras cada vuelo aumentaban exponencialmente.

A fin de implementar una misión más relevante para la NASA, sobre todo a ojos de los contribuyentes de su país, en 2004 el presidente George W. Bush ordenó a la agencia espacial el diseño de un nuevo y ambicioso plan de exploración de la Luna y eventualmente Marte, cuyo primer paso consistiría en retirar los tres transbordadores restantes en servicio (Discovery, Atlantis y Endeavour) una vez finalizada la construcción de la ISS en órbita terrestre a fines de 2010.

En paralelo, la NASA debería crear una nueva generación de vehículos espaciales, que estaría disponible alrededor del 2018 gracias a la reutilización de elementos y tecnologías empleadas en los transbordadores espaciales con el fin de ahorrar tiempo y costos de desarrollo. La infraestructura seleccionada para dicho proyecto, denominado Constellation, implicaba la creación de una nueva cápsula tripulada llamada Orion, de notable parecido con las cápsulas Apollo que entre 1969 y 1972 llevaron a los primeros visitantes humanos a la Luna, y que sería lanzada al espacio por el Ares I, un cohete basado en los impulsores de combustible sólido del transbordador espacial. La etapa de transporte Tierra-Luna y el resto del “hardware” de exploración lunar, incluyendo el módulo de alunizaje Altair, serían lanzados por un cohete independiente denominado Ares V, capaz de transportar más de 70 toneladas de carga útil hasta la Luna.

Cinco años después de aquellos anuncios, la construcción de la Estación Espacial Internacional ha sido completada en un 95 por ciento, y la flota de transbordadores ha seguido operando sin mayores inconvenientes, incluso cumpliendo algunas misiones de alto perfil como la cuarta visita de servicio al telescopio espacial Hubble. Sin embargo, el Congreso estadounidense nunca autorizó a la agencia espacial a disponer del presupuesto adecuado para cumplir con el mandato de Bush, y la NASA se encuentra ante una de las mayores encrucijadas de su historia.

El retiro de los transbordadores está cada día más cerca, con apenas cinco vuelos restantes programados hasta fines de 2010. Cientos de contratos con empresas proveedoras del programa espacial estadounidense han sido cancelados, y han comenzado los despidos masivos de personal, tanto en el sector privado como en la agencia estatal. Inexorablemente, a partir de 2011 Estados Unidos no contará con un vehículo propio para lanzar a sus astronautas al espacio durante un período de seis a ocho años. No se trata de una situación enteramente nueva para la NASA, que ya atravesó una etapa similar entre 1975 y 1981, tras el último lanzamiento del programa Apollo y hasta el primer lanzamiento del transbordador Columbia. Sin embargo, en esta ocasión las consecuencias para el futuro de la exploración espacial podrían ser mucho más graves.

Los primeros años del programa Constellation no han sido precisamente alentadores. Cercado por innumerables problemas técnicos, el desarrollo de los cohetes Ares I está notablemente retrasado, al punto de que sus especificaciones originales han sido reducidas para poder seguir avanzando en su desarrollo dentro del presupuesto disponible. Esto también ha afectado a las cápsulas Orion, que para adaptarse a las limitaciones del Ares I transportarán a cuatro astronautas hasta la órbita terrestre, en lugar de seis como se había planeado originalmente. Por otro lado, ni siquiera se ha comenzado a trabajar en los lanzadores pesados Ares V o los módulos de alunizaje Altair, lo cual hará imposible contar con ellos hasta después del 2025.

Para peor, la crisis financiera global y el cambio de gobierno en Estados Unidos culminaron en la decisión por parte de la administración Obama de reevaluar por completo el modo en que se está desarrollando el programa espacial tripulado de la NASA. Un comité de especialistas presidido por Norman Augustine, ex CEO de la corporación aeroespacial Lockheed Martin, evaluó durante seis meses los planes actuales de la NASA y las alternativas disponibles, incluyendo otros sistemas de lanzamiento y posibles destinos en el sistema solar.

Los resultados finales del análisis del comité fueron publicados en octubre de 2009, y la primera recomendación inequívoca consistió en extender la vida útil de la ISS como mínimo hasta el año 2020, para así lograr un retorno adecuado de la inversión realizada hasta el momento. De acuerdo a los planes actuales, la construcción de la estación espacial culminaría a principios de 2011 y se la abandonaría en 2015, tras apenas cuatro años de utilización plena.

La segunda propuesta del equipo liderado por Augustine fue incentivar fuertemente el desarrollo de servicios privados de lanzamiento de carga y tripulación hacia la órbita terrestre, para eliminar la dependencia estadounidense sobre las naves Soyuz. En la actualidad varias empresas privadas, entre ellas SpaceX y Orbital, están trabajando para ofrecer sus servicios a la agencia espacial estadounidense a partir del 2013. Dentro de la NASA, y particularmente en los centros de investigación en los que el proyecto Constellation está siendo desarrollado, la aparición de estas compañías es percibida como una seria amenaza hacia el Ares I, que ya no tendría razón de existir al entrar en servicio recién después del 2015. Por el momento, la agencia estadounidense ha confirmado que a partir de 2011 sus astronautas seguirán viajando hacia la ISS a bordo de los cohetes de la agencia espacial rusa.

Pero ese no sería el único dolor de cabeza para la NASA. El comité determinó que el objetivo de regresar a la Luna en 2020 resulta insostenible teniendo en cuenta los niveles de presupuesto actuales, ya que es imposible implementar cualquier programa de exploración más allá de la órbita terrestre sin una financiación ampliamente superior a la disponible en el presente. Augustine y su equipo fueron más allá al preguntarse si un programa de exploración lunar tripulada, que en realidad podría reanudarse a un costo mucho menor en forma completamente robótica, servirá para desarrollar las habilidades y tecnologías necesarias para emprender la primera expedición hacia Marte, planeta que consideraron el destino principal para la exploración tripulada durante el siglo actual.

Si bien en su informe reconoció que no están dadas las condiciones tecnológicas para emprender un viaje a Marte como primer objetivo, el comité de Augustine propuso una alternativa a la que se denominó “ruta de acceso flexible” y que implica el desarrollo de una infraestructura sustentable para el envío de seres humanos a destinos del espacio profundo, como la Luna, los asteroides cercanos a la Tierra, Venus o las lunas de Marte. Esta opción podría ser puesta en práctica sin la necesidad de desarrollar dos cohetes diferentes por separado, ya que bastaría con una versión intermedia que suplante tanto al Ares I como al Ares V, denominada Ares IV.

El propósito de estas misiones sería acumular la experiencia necesaria para realizarlas a un ritmo de dos por año, sin preocuparse en una primera etapa por el aterrizaje en cualquiera de esos cuerpos celestes. De hecho, el comité propuso también que los módulos de aterrizaje y demás elementos podrían ser desarrollados integralmente por las naciones que hoy componen la ISS, para así reducir costos y darle un carácter más internacional al proyecto.

El reporte de la comisión de Augustine ya se encuentra en el escritorio del presidente estadounidense, que actualmente está manteniendo una serie de reuniones con el nuevo administrador  de la NASA, el astronauta retirado Charles Bolden, para tomar una decisión final al respecto. Próximamente se sabrá si Obama decide apoyar la “ruta de acceso flexible” o continuar con el proyecto Constellation; por el momento, lo único claro es que deberá redoblar la apuesta y ampliar el presupuesto de la agencia si pretende que el liderazgo estadounidense en el espacio no sea usurpado por otras naciones con programas espaciales incipientes, como China o India, en la segunda mitad del siglo XXI.

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