El complejo desafío de aterrizar en la superficie de Venus

Ante la próxima inserción orbital en torno a Venus de la sonda Venus Express de la ESA, uno no puede dejar de preguntarse cuándo volveremos a enviar un lander a la superficie de ese planeta. Sin lugar a dudas, una de las mayores prioridades de una misión de ese tipo sería encontrar en las «tesserae» de Venus regiones con un alto contenido de granito o andesita, lo que indicaría la existencia de océanos en el pasado remoto del planeta. Además, sería interesante observar in situ algunas áreas de altísima reflectividad de radar, detectadas por la sonda Magellan en algunos terrenos a gran altura.

Hasta ahora, las limitaciones han sido impuestas por el ambiente de Venus, sumamente hostil. Las sondas enviadas por la Unión Soviética a la superficie de ese planeta en los años ’80 ni siquiera realizaron estudios mineralógicos en sus sitios de aterrizaje, de características basálticas; de hecho, apenas lograron sobrevivir escasos minutos a la inmensa presión atmosférica y a la elevada temperatura superficial de Venus, superior a los 470ºC.

Una parte central de los planes del nuevo «Solar System Roadmap» de la NASA (en inglés) en relación a una futura misión de aterrizaje en Venus es el desarrollo de circuitos electrónicos de estado sólido que puedan funcionar en esas condiciones extremas, para estar en condiciones de lanzar, alrededor del año 2024, una sonda que aterrice y sobreviva durante un período mucho más prolongado en la superficie de Venus.

Según algunos informes, la NASA ya cuenta con circuitos electrónicos capaces de funcionar a más de 300ºC, pero eso todavía resulta claramente insuficiente en relación a Venus. Se está considerando la posibilidad de refrigerar el interior de la sonda mediante un sistema abastecido por un pequeño generador termoeléctrico de radioisótopos; sin embargo, la refrigeración de los circuitos electrónicos requeriría el 97% de la energía eléctrica generada por el RTG de la sonda, y sus capacidades científicas quedarían seriamente limitadas, tratándose simplemente de una estación fija de mediciones meteorológicas y sísmicas.

Sobrevivir en Venus resulta un increíble desafío de ingeniería; esto explica en parte por qué todavía sabemos tan poco acerca de su atmósfera, a pesar de que varias sondas han llegado a su superficie y realizado observaciones desde allí. Afortunadamente, gracias a la llegada en abril de la Venus Express, pronto volveremos a tener una misión en órbita alrededor de este planeta, lo que sin lugar a dudas aumentará el interés en una futura misión a su superficie. De hecho, una de las próximas propuestas del programa New Frontiers de la NASA (la primera fue la misión New Horizons a Plutón, la segunda es el orbitador Juno a Júpiter) implica el envío de una sonda de aterrizaje a Venus, aunque se tratará una misión mucho más sencilla y contará con una breve vida útil.

Evidentemente, para ver un rover atravesando la superficie de Venus, o al menos contar con una red de estaciones meteorológicas y sísmicas desplegada a lo largo del planeta, deberemos esperar a que la tecnología madure lo suficiente. Pero ese momento, como sabemos, no está a la vuelta de la esquina.

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